He leído asombrado cómo el partido popular de Ferrol quiere dar otro golpe mortal al mercado de la Magdalena, anteriormente conocido cómo Mercado Central de Ferrol, y del que hoy solo queda un moribundo mercado que lucha por no cerrar.
La idea del grastromercado es una copia de lo que se ha intentado hacer en diferentes ciudades de España, una idea que no obtuvo los resultados esperados en muchas de ellas y que solo sirvió para gastar dinero y para que el mercado dejase ser lo que realmente es, un mercado de barrio que da servicio a los ciudadanos.
He conocido con detalle el proyecto que el Ayuntamiento pretende acelerar en cuestión de meses, y lo digo sin rodeos: lo que se busca —por acción u omisión— es la desaparición del Mercado de la Magdalena tal y como lo conocimos. Lo denuncio porque no es una sombra hipotética: es una lógica de uso del espacio que ya está en marcha y cuyas consecuencias veremos en muy poco tiempo.
Durante los últimos años, responsables municipales de distinto color político han ido eliminando paulatina y sistemáticamente plazas de aparcamiento en superficie alrededor del mercado y del centro. Esa decisión no es neutra: ha dejado la zona menos accesible para clientes habituales, ha reducido el tránsito de compradores y ha transformado la experiencia de compra diaria en un inconveniente. El resultado es previsible: menos clientes, menos ventas, menos puestos abiertos.
La llamada “zona del Carbón” es el ejemplo más sangrante: un área que en los mejores tiempos del mercado fue utilizada —también— como aparcamiento y que hoy atraviesa un proceso de abandono. Nadie pasa por allí. Nadie compra. Es un espacio que podría recuperarse de forma inmediata como aparcamiento vecinal, devolviendo vida al barrio y facilitando las compras en la Magdalena; sin embargo, se prefiere dejarlo vacío o reconvertirlo en usos que benefician más a la estética urbana o al turismo puntual que a los comerciantes y vecinos de siempre.
No se trata de oponerse al progreso ni a la modernización: se trata de denunciar una transformación de modelo que convierte un mercado de barrio en un reclamo gastronómico cuyo perjuicio recaerá sobre quienes mantienen el tejido comercial local. Si el objetivo real es revitalizar, la solución no puede comenzar por expulsar a los clientes.
Exijo —y pido a los ciudadanos que exijan— transparencia: que se haga público el estudio de viabilidad, que se evalúe el impacto sobre comerciantes y vecinos, y que se explore la recuperación inmediata de la zona del Carbón como aparcamiento de barrio. Si no hay un debate abierto y medidas que prioricen a quienes viven y compran cada día en Ferrol, la Magdalena no se modernizará: morirá.
(Los vecinos y comerciantes merecen ser escuchados antes de que sea demasiado tarde.)





